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Anécdotas de la escuela en el campo. La clase de inglés

July 7, 2014

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Yo pertenezco a la generación X. 20 años después comenzaría la generación Y, lo que yo llamaría el período romántico del heavy metal, cuando la gente llevaba el pelo largo sin saber porqué, y los policías de pelo corto odiaban a la gente de pelo largo … tampoco sin saber por qué. Pero bueno, todo esto lo viví después de terminada la secundaria, donde comencé mis primeros pasos en el idioma inglés, interrumpidos abruptamente por el ruso, idioma preferido en las escuelas militares Camilo Cienfuegos.

Entré en la secundaria a finales del 1977. Recuerdo que aquel año, 30 de Junio, el Amadeo Roldán se convertía en cenizas durante la madrugada; mi hermano y yo estudiamos durísimo para las pruebas finales. Yo en particular era muy dado a estudiar idiomas extranjeros, sólo que no lo sabía; yo no sabia que tenía facilidad para aprender especialmente el idioma inglés. Ese año lo tengo aún fresco en la memoria pues meses después la Escuela primaria Manuel Valdés Rodriguez yacía bajo un incendio, causa por la cual no podría seguir estudiando allí, donde sólo estuve unas semanas, antes de pasar a la escuela en el campo. Me convertiría entonces en un “azulejo”.

Como decía, yo me sentía particularmente relajado en los idiomas. El viejo me enseñaba francés, y el progreso era significativo, al punto de llegar a hablar con cierta fluidez.

Pero de pronto, me encontraba solo, lejos de mis padres y de mis amigos del barrio. Era otro ambiente, un ambiente que parecía de prisión, donde incluso las alumnas se les insinuaban a los maestros y viceversa. Era la primera vez en mi vida que estaba internado, lo cual me produjo la impresión, no sé por qué, de que a pesar de la atmósfera de recluso, reinaba la hermandad y la fraternidad. Donde los maestros respetaban a los alumnos, los alumnos a los maestros y los alumnos entre ellos mismos. Yo me sentía como de regreso al jardín de la infancia, donde todo era posible.

Mi primera jornada no fue en el campo, sino en las clases. Y entre las primeras lecciones estaba la de inglés. Recuerdo que la maestra era una joven muy sexual.  No recuerdo su nombre. Era una mujer delgada blanca de pelo negro encaracolado que le caía sobre los hombros. Su manera de dirigirse a los demás, muy relajada y confiada, infringía un respeto sobre la gente que tocaba el temor, como si en ella se resumiera todo el terror de estar bajo su autoridad.

Pues sí, esa era mi maestra de inglés. Hablaba el idioma tan fluido, al menos nos parecía, que nadie se atrevía a cantar ni los temas de Bee Gees en su presencia. Y lamentablemente en esa primera clase me tocaría repetir un dialogo que había que aprenderse de memoria:

Bob: Hi Mary, how are you?
Mary: I am fine, and you?
Bob: I am fine too, thank you!

El diálogo era sencillo, pero para un adolescente cubano de los 70´s significaba un reto a la razón … excepto para mí. Así que decidí ser un poco más creativo y me atribuí la libertad de agregar:

Bob: Listen Mary. I like you a lot. Would you like to go down to the basement and fuck?!

Niurca, la muchacha muy graciosa que hacía de Mary, no sabía que decir. Ella buscaba en sus notas de la libreta, pero no encontraba nada parecido.

Realmente no sé de dónde me salieron esas palabras, no sé dónde las había escuchado o aprendido. La frase estaba ahí, en las entrañas de mi mente, esperando un momento oportuno de audacia artística.

Naturalmente mi intento literario no fue acogido con buenos ojos – o con buenos oídos – y la pregunta obvia no se hizo esperar.

– Qué tú dijiste? Preguntó sorprendida la maestra con ojos abiertos y obscuros como el infierno

Yo sostuve un silencio absoluto, en armonía con el resto de los alumnos, para los cuales aquellas palabras sonaban un poco avanzadas, fuera de curriculum, sin embargo intuitivamente fuera de lugar – así como una gran falta de respeto.

La cara de la maestra estaba bien cerca de la mía. Yo podía sentir su respiración en lo más profundo de mi alma, allí donde se oculta el miedo más terrible. Sin embargo me atreví a repetir, con voz temblorosa, inmerso en la duda:

– Listen Mary. I like you a lot. Would you like to ….

Jamás pude terminar la frase. Dos gaznatones, uno detrás del otro me hicieron ponerme de rodillas. El primero vino de la mano derecha que bien abierta se había acomodado en mi cachete izquierdo, a lo que siguió una contundente izquierda, lo cual fue definitivo.

Sólo recuerdo que antes del tercer manotazo, alcancé a decir:

– Oh honey, you like it rough, hu?!

Pienso que la maestra no actuó de manera muy pedagógica. Cualquier buen profesional hubiese premiado mi fluidez y creatividad. Sin embargo, mis ansias de aprender más, fueron suprimidas y truncadas.

Dos años después yo estaba estudiando ruso en “los camilitos”. Y da la gran coincidencia de que alguien repetiría la misma osadía, sólo que esta vez en el idioma de los bolos. Para gran fortuna del joven estudiante, la muy atractiva maestra se apropiaría con placer de la invitación.

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From → Philosophy

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